• Yohana Recio

El duelo. Un ritual ancestral del ser humano

El dolor es algo que el ser humano evita desde tiempos inmemoriales. El dolor es un sentimiento lacerante e intenso. No es agradable. Es el símil psicológico de partirse por la mitad.

El ser tan intenso hace precisamente que sea muy importante. Todas las emociones que sentimos tienen un mensaje que darnos. El dolor no iba a ser menos. Su mensaje trasciende más allá del tiempo y si, conseguimos superar el dolor, saldremos fortalecidos de las formas bellas que podamos. O como se suele decir «el ave fénix que renace de sus propias cenizas»... de sus propias heridas.





Dicho esto, hagamos un pequeño viaje en el tiempo. Bueno un gran salto, quizás. Traigamos a nuestra mente la forma más primitiva de vida inteligente que conozcamos. Nuestros antepasados, cuando alguien de la tribu moría, hacían ya rituales fúnebres para honrar a sus muertos. Desde las civilizaciones más antiguas, los ritos funerarios han tenido una misión muy importante: sacar el dolor hacia fuera y dejarlo fluir.


Cuando alguien a quien queremos mucho se va, es como si una parte de nosotros se desgarrara y sangrara por dentro. Es una herida que necesita reposo.


Nuestras abuelas llegaban a guardar hasta años de luto tras la muerte de sus familiares en honor a su memoria y su recuerdo. En estos casos, hoy lo podríamos considerar en una evaluación como un duelo patológico.





Es tan grave quedarse estancado en el dolor como no vivirlo. Realmente la línea entre un polo y otro es muy delgada, como suele decirse, los extremos pueden llegar a tocarse. La mitad de estos extremos, el equilibrio, es en este caso algo muy desagradable que es de lo que hemos empezado hablando: el dolor.


El dolor es la única llave para poder aliviar la desesperación por la pérdida, y como muy bien sabían nuestros antepasados, el rito fúnebre y el enterrar y honrar a nuestros ancestros, es algo que ayuda a que ese dolor sea capaz de salir y liberarse.


Cuando hablamos de duelo, solemos pensar en la muerte de una forma casi inmediata, pero es una realidad que los duelos están más presentes en nuestras vidas de lo que podamos pensar en un principio. Una ruptura de pareja es un duelo, la marcha de un buen amigo o amiga es un duelo, una mudanza es un duelo, crecer es un duelo ya que dejamos una parte de nosotros atrás, tener relaciones sexuales por primera vez también es un duelo… la vida está llena de duelos, de despedidas y nuevos comienzos. El dolor nos hace ser conscientes del apego que le tenemos a las cosas que suceden o a las personas que pasan por nuestra vida, nos hace conscientes de que amamos y de que pertenecemos al mundo. Dependemos de otros seres humanos. El afecto y la conexión con los demás es algo que es vital para la supervivencia humana. Si no nos amaramos, nos extinguiríamos.





Por eso es tan necesario el dolor, porque la vida tiene que continuar. Es fascinante lo bien diseñados que estamos, ¿verdad?


Algunas personas huyen continuamente de este dolor. Lamentablemente no hay tantos lugares a los que correr y esconderse. Nuestro mundo interno puede ser realmente grande pero es un sistema cerrado: no podemos escapar de nosotros mismos. A veces, las expectativas nos gastan malas pasadas y nos imaginamos el dolor mucho peor de lo que es.


¿Qué ocurre cuando se ponen en marcha estos mecanismos en imaginación? Lo mismo que ocurre cuando estamos leyendo un buen libro o visionando una buena serie; somos capaces de sentir lo que leemos o vemos, aún sabiendo que es ficción. Podemos dar un pequeño vuelco en nuestro cómodo sofá, y aunque miremos alrededor y veamos la tranquilidad de nuestro salón, podemos sentir el corazón que se nos sale por la boca, ¿por qué? Porque nuestras fantásticas neuronas espejo han empatizado con una situación de sufrimiento y se produce el reflejo del dolor en nuestros cuerpos.

Algo parecido pasa con las expectativas ante el dolor. El solo hecho de imaginarlo, hace que ya suframos ese dolor, pero no nos protege del mismo.





Es importante saber diferenciar aquellos «dolores» que son reales, de los que no lo son, ya que al ser una emoción tan compleja y relevante en nuestro sistema, podemos confundir el sufrir con el vivir, convirtiéndose pues la vida en un infierno no deseado, ya sea por dejarnos llevar por el dolor (vivir en el polo del sufrimiento, preparándonos para más sufrimiento) o escapando de él (vivir en el polo del placer, ausente de los mensajes de afecto y no sobreviviendo a las llamadas de amor de nuestro propio sistema).


El equilibrio nace de la humanidad que reside en nosotros, de nuestro instinto más básico. La prueba está en nuestros ancestros y cómo rendían homenaje a sus fallecidos. Ellos lo hacían y ahora nosotros estamos aquí. El duelo seguirá siendo un aliado pasen los años que pasen.


Si crees que tienes un duelo no superado es importante que te hagas cargo de él y dejes salir el dolor, quizá no sea tan malo como piensas. Piensa por un momento en la idea de seguir viviendo sin sufrir tanto por aquello que pasó.


Aquí podemos asesorarte.





Referencias:


Neimeyer, R. A., (2002). Aprender de la pérdida. Una guía para afrontar el duelo. Ed. Paidós.

https://www.adec.org/default.aspx

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