• Yohana Recio

El fracaso como el verdadero camino hacia el éxito

¿Te has parado a pensar alguna vez porqué te comportas así ante determinadas situaciones? ¿Dónde aprendiste eso? ¿Lo has copiado…?


Sin duda, el mundo de las conductas y los comportamientos es extenso a la par que interesante. Hoy vamos a hablar de la conducta de fracasar.


Hagamos un ejercicio. ¿Qué color se te viene a la cabeza cuando lees la palabra FRACASO? ¿Y qué olor? ¿Tiene el FRACASO sabor? ¿Algún paisaje? ¿Un recuerdo, quizás? ¿Qué sentimiento va asociado al FRACASO?





En reglas generales, y por desgracia, hoy en día en casi todo el ancho del planeta, el fracaso está visto como algo desagradable pero la realidad es bien distinta, sin el fracaso no podríamos ser expertos. Ni siquiera podríamos aprender las cosas más sencillas.


Volvamos atrás en el tiempo, viendo cómodamente desde nuestra butaca de cine preferente, la película de «cómo aprendí a caminar». ¿No te acordabas de cuantas veces te habías caído, verdad? Parece que te hiciste daño. Mira esa carita tan pequeña de esfuerzo. Mira, esa de allí es tu madre y tu padre animándote desde el fondo del pasillo: ¡tú puedes, cariño!


Gracias a ellos hoy en día eres un experto en eso de caminar. Gracias a ti también, claro. El que te caíste fuiste tú. Vayamos a ese momento en el que montaste en bici por primera vez. También dolió esa primera caída, vaya.


Podría seguir así todo el post. Todo cuesta un esfuerzo y un dolor, si no fuese así las cosas, simplemente, no tendrían valor.


Hace unos años Destin, un ingeniero muy intrépido y curioso, planteó la posibilidad de manejar una bicicleta al revés. Es decir, construyó una bicicleta donde el manillar viraba al contrario de como estamos acostumbrados. ¿Qué creéis qué pasó? Os dejo reflexionar mientras volvemos al pasillo donde tus padres te animaban desde el fondo mientras dabas tus primeros y torpes pasitos.






Esos pasitos era imperfectos. Nunca antes habías caminado, era la primera vez que lo hacías, e incluso después de «controlarlo» te caíste varias veces. Tu cuerpo estaba aprendiendo una nueva tarea. ¿Te regañaban tus padres cuando te caías? Probablemente no. Iban a tu búsqueda, te ayudaban a levantarte y te daban un beso. Rápidamente se te olvidaba que te habías caído y, feliz, tu pequeño cerebro se veía reforzado y sabías que estabas haciendo las cosas bien. Sí, te habías caído y te dolía el culete pero tu mamá te quería.


Vale, ¿qué ha pasado desde entonces? ¿Ocurrió lo mismo cuando suspendiste aquel examen de matemáticas tan difícil? ¿Y cuando volviste tarde a casa? ¿Y si rompiste la ventana del vecino con tu balón de fútbol? ¿Mentiste alguna vez?


En resumidas cuentas: ¿Cómo manejó tu entorno tus fracasos?


Y ahí está la clave de la autorealización de la cual Maslow nos hablaba hace muchos años. Para llegar a lo alto de esa pirámide, hacen falta muchos fracasos y dolor. Esto depende en gran medida de cómo nos hayan hecho ver los fracasos y de cómo toleramos los mismos. De esta forma, el camino hacia lo llamado «éxito personal» puede ser más o menos placentero.





Quizás te estés preguntando: bueno, en mi familia no tuve la suerte de contar con ese clima de tolerancia al error. Cualquier descuido era castigado o me hacía sentir mal, ¿puedo cambiar eso en mi vida adulta?


La respuesta es: sí.


Es el momento perfecto para volver a nuestro ingeniero Destin, el señor que construyó una bicicleta al revés. Veamos por qué lo hizo:


Destin quería comprobar que podía aprender, ya de adulto, a hacer las cosas de forma diferente a como las había hecho toda una vida, en algo tan rutinario y antiguo como es «montar en bicicleta», eso que nunca se olvida.

Os he dejado el vídeo del proceso para que veáis la ruta de fracasos tan necesarios para que finalmente Destin pudiera aprender a montar en esa bicicleta nueva. Tardó nada menos que ocho meses en poder manejar esta nueva manera de montar en bicicleta. Pero, ¿olvidó cómo manejar la antigua convencional? ¡Para nada!

Es cierto que tuvo que pelearse varias veces con ella, pero finalmente aprendió a usar ambas.


¿Cuánto diríais que tardó el hijo de Destin en realizar la misma tarea que su padre?


Pues solo dos semanas. En quince días el hijo de Destin sabía manejar ambas bicicletas. Su red neuronal ya había captado ambos estilos de conducción. Esto, por supuesto, está relacionado con el concepto «plasticidad neuronal». Cuanto más jóvenes somos, más rápido podemos moldear nuestras redes neuronales, el aprendizaje es más rápido y adquirible. A medida que crecemos, nuestra plasticidad se vuelve más rígida y tardamos más en procesar esa nueva información. Además, cambiar patrones que llevamos toda la vida haciendo, es complicado y costoso.


Es muy necesario fracasar.


Algo así ocurre en terapia. En consulta, intentamos cambiar patrones que llevamos toda la vida haciendo y que, en algún momento, dejaron de sernos útiles. La terapia es esa bicicleta al revés. Tardamos en cambiar patrones pero finalmente conseguimos manejar las situaciones como queramos. Aunque nos cueste ocho largos meses de fracasos.


Todo es cuestión de fracaso. O como dice mi querida Anabel González: «el que más se equivoca es el que más posibilidades tiene de ganar el premio».




Referencias:


-González A. (2017). No soy yo: entendiendo el trauma complejo, el apego y la disociación. Una guía para pacientes, familiares y terapeutas.


-http://www.smartereveryday.com/


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