El miedo: ¿Amigo o enemigo?

Sin duda, la situación actual que estamos viviendo respecto al COVID-19 nos abruma a todos. Es una situación sin precedentes, extraña, única, inesperada y desconcertante, un momento histórico que las futuras generaciones leerán en los libros de historia. Por suerte o por desgracia nosotros podremos contarle nuestra propia versión, ya que la estamos viviendo y es algo que jamás olvidaremos. Estoy seguro de que cuando nos llegue el momento de contarlo, lo contaremos con pelos y señales, con detalles sobre los sucesos y sintiendo lo mismo que sentimos, sobre todo al principio: miedo. Miedo a la incertidumbre, a que algún ser querido pueda resultar afectado, a no saber cuándo se levantaría el confinamiento o cómo afectaría la situación a nuestra economía o nuestra salud física y mental.


¿Cómo te sientes?

Ante situaciones especiales en las que está en juego nuestra salud, nuestra integridad física o nuestra seguridad es común (y natural) sentir algunas sensaciones que no experimentaríamos en condiciones normales. Estas sensaciones son, entre otras:


- Desrealización: Sensación de que la situación que nos rodea no es real, dificultando la capacidad para integrar dicha situación como la realidad. Esta sensación es desagradable, ya que se experimenta en escasas ocasiones y es difícil de identificar, aparece sobre todo en los primeros momentos de una situación especial, como la situación actual.


- Pensamientos intrusivos: Ser víctima de algunos pensamientos en forma de imágenes o conceptos asociados a alguna preocupación sobre la situación actual, como el recuerdo de los supermercados vacíos y la gente haciendo acopio de alimento, la desconfianza de los vecinos, las calles vacías o las imágenes de los hospitales desbordados.


- Preocupaciones recurrentes: Pensamientos que tienden a ser obsesivos sobre preocupaciones que tendemos a rumiar, nos provocan incertidumbre y nos posicionan en la peor de las situaciones ¿Estaré infectado/a? ¿Cómo me afectará si lo estoy? ¿Cuándo podré salir?...


- Aumento de la reactividad emocional: Permanecer más reactivo de lo normal ante cualquier estímulo, siendo más fácil asustarse, llorar, enfadarse u ofenderse por comentarios, situaciones o información que no suelen provocarte dichas emociones.


- Alteración del sueño: Dificultad para conciliar o mantener el sueño, despertarse demasiado temprano, padecer pesadillas relacionadas con la situación que provoca el malestar o no disfrutar de un sueño reparador.


- Alteraciones cognitivas: Dificultad para concentrarse, perder el hilo de una conversación o actividad, olvidar el objetivo de algo que íbamos a hacer o disminución significativa en la motivación.



Estas sensaciones son producto de la respuesta de miedo, un conjunto de estrategias que pone en marcha tu cerebro para hacerle frente a una amenaza que puede poner en peligro tu seguridad o tu vida.


¿Por qué mi cerebro genera estas sensaciones si me están afectando negativamente en mi día a día?

Para responder a esta pregunta debemos viajar años atrás, hasta los primeros homo sapiens sapiens.


Nuestros antepasados vivían en un mundo que estaba caracterizado por una dicotomía constante: la vida o la muerte. En esa situación en la que lo único seguro era que la amenaza de perder la vida era continua, los primeros humanos que sentían miedo y ponían en marcha estrategias para adaptarse, conseguían sobrevivir. De igual manera que existen conejos de diversos colores de pelaje porque conseguían camuflarse y sobrevivir, existe esa sensación desagradable pero adaptativa: el miedo.



No obstante, actualmente nuestro estilo de vida se diferencia mucho de la situación de los primeros seres humanos, ya que lo normal para nosotros es tener las necesidades básicas cubiertas, disponer de un hogar, alimento y agua, relaciones sociales y seguridad. Por este motivo, el miedo que podemos sentir responde ante otro tipo de estímulos, como la situación actual por el COVID-19 u otros eventos similares.


Si nuestro cerebro identifica que nuestra vida o seguridad puede estar en peligro, pone en marcha el mecanismo de acción del miedo, ya que hace miles de años ayudó a que muchos de los seres humanos sobrevivieran y este tipo de mecanismo quedando así grabado en la genética de la especie humana las respuestas de este sistema de supervivencia, el miedo.


Sácale partido al miedo

Para perderle el miedo al miedo, lo mejor es saberlo todo sobre él, o al menos lo esencial. Conocer en detalle aquello que nos genera miedo, nos ayuda a comprenderlo y aceptarlo. Como veíamos antes, el miedo es una respuesta que le sirvió a nuestros antepasados para sobrevivir y que sin duda, puede ayudarte también a ti.


Las emociones y los sentimientos son como una brújula que nos orienta ante las situaciones del día a día. Cuanto más diferente e intensa sea la situación, más intensa será la respuesta emocional y si la vida está en juego, la emoción protagonista es el miedo. El miedo crea una respuesta en el cerebro que hace que el cuerpo y la mente se conviertan en una máquina de supervivencia.


Ante una respuesta amenazante, la amígdala, situada en el sistema límbico de tu cerebro, se activa. Las conexiones de tu amígdala con diversas áreas de tu corteza prefrontal y el tronco del encéfalo ponen en marcha diversas estrategias para afrontar la amenaza: aumentan tus niveles de noradrenalina, adrenalina y cortisol, aumentando tu nivel de activación y mejorando la tensión muscular, aumenta la segregación de dopamina para mejorar tu concentración y alerta conductual, tus pupilas se dilatan para poder procesar la mayor cantidad de información visual, tu frecuencia cardíaca aumenta, junto a tu tensión arterial, haciendo que tus músculos estén provistos de oxígeno al instante para poder afrontar la amenaza o escapar.


Paralela a esta activación fisiológica, toda la activación de las áreas frontales del cerebro, sobre todo el ára ventromedial y dorsolateral, ayudan a que dispongas de decenas de estrategias alternativas para hacerle frente a la amenaza y elegir casi sin darte cuenta la que consideres mejor. Aunque en la mayoría de ocasiones, esta decisión no está en manos de nuestro razonamiento o la lógica, si no de algo más potente: el instinto. Este instinto es el responsable de que llevemos a cabo 3 tipos de respuestas básicas: la huida, el ataque o el bloqueo, ya que en algún momento, a algunos de nuestros antepasados estas respuestas les sirvieron para sobrevivir.


Cabe destacar que cuando se trata de respuestas instintivas, al depender de áreas del cerebro primitivas y que no necesitan del razonamiento para existir y funcionar, es fácil que no seamos conscientes siquiera de que éstas están guiando nuestras decisiones, comportamientos, emociones y pensamientos. Por este motivo es importante ser conscientes del miedo que podemos sentir ante algunas situaciones excepcionales y amenazantes como la actual, así como qué tipo de respuesta instintiva estamos padeciendo sin ni siquiera ser consciente en el marco actual, ya que esa parte primitiva de tu cerebro actuará como mejor aprendió en aquel contexto amenazante, aunque en la actualidad el contexto es diferente, por lo que la adaptación de las respuestas puede no ser tan acertada, cabría preguntarse entonces:


¿Mi amígdala está poniendo en marcha una respuesta de huida, ataque o bloqueo?

- Respuesta de huida: Infravaloras la situación actual, no crees que la situación sea tan amenazante, no respetas las normas de confinamiento, tampoco las normas de seguridad, sigues manteniendo contacto físico con otras personas, no respetas la distancia de seguridad o incluso sales a dar un paseo.


- Respuesta de afrontamiento: Aceptas la situación actual desde el principio, te informas lo suficiente pero no demasiado, pones en práctica las pautas que el gobierno dicta sobre higiene y seguridad, como respetar el confinamiento, lavarte las manos y evitar contactos innecesarios.


-Respuesta de paralización: Sientes que la situación te desborda, crees que tienes la enfermedad e incluso puedes llegar a sentir algunos falsos síntomas, te informas constantemente a partir de diversas fuentes e incluso crees en algunos bulos que confirmen tus creencias catastrofistas. Puedes llegar a hacer acopio de comida o recursos, te vuelves hostil con tus vecinos e irritable ante cualquier comentario.


En función de las respuestas que tu amígdala haya llevado a cabo podremos ver una conducta u otra, que es la consecuencia de ese patrón de respuesta grabado en tu ADN.


Además, el miedo también genera respuestas emocionales que provocan que sientas ciertas sensaciones corporales, ciertos pensamientos y que lleves a cabo algunas conductas que pueden no ser comprendidas adecuadamente y que se escapan incluso a tu intención, provocándote malestar.


¿Qué debo hacer ante el miedo?

Lo primero es validar esta emoción, es decir, darle espacio a esta información, a estas sensaciones y pensamientos, aceptarlos y comprenderlos. ¿Qué siento? ¿Qué pienso? ¿Qué me molesta? ¿Qué es aquello que no paro de pensar o ver en mi mente? ¿Qué me emociona? ¿Qué me activa más de lo que debería? ¿Qué intento evitar pero no puedo dejar de pensar? ¿Qué hago que no puedo evitarlo, pero que no quiero hacer?


Estas preguntas nos pueden llevar a encontrar respuestas sobre el miedo que nos abren el primer paso para poder afrontarlo e integrarlo, aceptarlo y comprenderlo.


¿Por qué es tan importante aceptar y comprender el miedo?

El ser humano está provisto de un sistema nervioso que se encarga a grandes rasgos de dos funciones: recibir información y generar una acción en consecuencia. Es simple, si te quemas el dedo tus neuronas sensitivas informarán a tu sistema nervioso central del dolor y tus neuronas motoras harán que tu dedo se retire rápidamente de la fuente de dolor para asegurar tu supervivencia.



En el caso de las emociones, el mecanismo es similar. Las neuronas de tu sistema límbico están ofreciéndote información constantemente sobre las emociones que sientes ante el contexto que te rodea. Esta información no te la ofrece porque sí, ya que el cerebro siempre que puede ahorra energía, por este motivo, esta información es muy útil y necesaria.


Si nuestro cerebro racional no atiende esta información, le da forma, la comprende y la acepta como una «guía de supervivencia», no podremos actuar en consecuencia de forma adaptada a la realidad actual. Y si tu cerebro racional no se encarga de actuar ante la información que proviene de tus emociones, lo tendrá que hacer como buenamente pueda tu cerebro más primitivo y emocional, dando lugar a comportamientos que no se adaptan adecuadamente a las necesidades del contexto y de la persona y que lejos de ayudar, pueden provocar más problemas.


Aunque suene fácil, no lo es. El miedo mueve sensaciones desagradables y emociones dolorosas, pero aun así, necesarias para seguir mejorando, desarrollándose y creciendo como persona. El dolor es desagradable, siempre intenta evitarse y aunque las emociones duelan y el miedo asuste, es necesario para avanzar.


Espero que te haya ayudado a entender mejor el miedo, a ser más consciente del papel que juega en tu vida y de cómo se relaciona éste con nuestro día a día y con la situación actual.


Si consideras que necesitas ayuda para gestionar ese miedo y, tu motivación y tu miedo están a igual nivel, estaremos encantados en ayudaros y aportaros lo mejor de nosotros.


Recuerda que tu bienestar, es nuestra prioridad.







Referencias:


Carlson N.R. (2010) Fundamentos de fisiolgía de la conducta. Madrid. España. Pearson.


Parcet, A. Á., & Rivas, M. Á. F. (2016). El miedo en el cerebro humano.Mente y cerebro,78, 50-51.






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